martes, 6 de noviembre de 2018

CÓMO PUEDE UN HOMBRE GUARDAR RENCOR A OTRO Y PEDIR LA SALUD AL SEÑOR?



Cada domingo asistimos a la Eucaristía, el mayor regalo que nos ha dejado Jesús. 

Esto implica una actitud de cambio. Cada celebración de la Eucaristía nos debe transformar: salimos del Templo pero con la Gracia de Dios; no salimos solos, nos llevamos muchas bendiciones que no podemos desperdiciar en el resto de la vida. Sería muy interesante llevar un cuaderno donde escribamos el compromiso de cada Eucaristía dominical e ir evaluándolos constantemente. En la primera lectura encontramos una invitación a mirar todas aquellas cosas que no son agradables a Dios y que son abominables: el rencor, la cólera y la venganza. Todo esto molesta a Dios y requiere de una conversión sincera. Perdonar de corazón es ganarnos el perdón de Dios. “Piensa en tu fin y deja de odiar”, con estas palabras, el Señor nos está invitando a reflexionar sobre nuestro destino final donde nos encontraremos cara a cara con Él y le presentaremos las cuentas de nuestra vida. “Ten presente los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo”. El Salmista en este domingo también nos exhorta a tener presente el perdón que Dios nos da y por eso “rescata nuestra vida del sepulcro”, en definitiva, Dios solamente desea nuestro bien porque nos ama infinitamente y “nos colma de amor y ternura”. ¿Será que nosotros podemos hacer lo mismo? En la segunda lectura, del apóstol San Pablo a los Romanos, encontramos que “vivir para el Señor” es agradarle en todo cuanto hagamos. Siempre somos del Señor, vivos o muertos, creyentes o ateos, católicos o no; en Dios esta nuestra vida, debemos siempre tenerlo presente en el actuar de cada día. Por lo tanto, el pecado no debe reinar en nosotros y desde una sincera conversión procurar glorificar a Dios con los mejores actos de nuestro ser. En el santo Evangelio encontramos la pregunta que Pedro le hace a Jesús; la respuesta es muy clara: el perdón no tiene límites, eso quiere decir “setenta veces siete”. Todos los días podemos encontrarnos con situaciones que nos llevan a practicar el amor, el perdón, la misericordia, la compasión, etc. Por eso, el perdón no tiene límites, porque siempre estará frente a nosotros algo o alguien que nos impulse a actuar como Dios nos pide.

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